19 de febrero de 2026
IA aplicada, transición energética, biociencia y agricultura regenerativa son las áreas que van a concentrar el interés de los inversores en 2026 por su impacto medible y su contribución a la resiliencia económica e industrial El mercado de la inversión de impacto ha desplazado al foco a modelos con evidencia operativa, indicadores verificables y capacidad de implantación en sectores críticos Madrid, 19 de febrero de 2026.- La inversión de impacto entra en una nueva fase en 2026, marcada por un endurecimiento de los criterios y una mayor exigencia de resultados tangibles. Los inversores priorizan ya proyectos con utilidad real, tracción demostrable y métricas verificables desde fases tempranas. Y lo hacen en sectores como la IA aplicada, la transición energética, la biociencia o la agricultura regenerativa, que son los que concentran el interés por su capacidad de generar valor económico y resiliencia a escala. Las cifras ayudan a entender el momento. La Global Impact Investing Network señala en su informe State of the Market 2025 que los activos bajo gestión en estrategias de impacto han crecido a un ritmo anual compuesto del 21% en los últimos seis años, con un aumento del 11% en el último año analizado. En energía, la International Energy Agency estima que la inversión global alcanzó 3,3 billones de dólares en 2025 y que, de esa cifra, 2,2 billones de dólares se dirigieron de forma conjunta a tecnologías y sistemas de bajas emisiones (renovables, nuclear, redes, almacenamiento, combustibles de bajas emisiones, eficiencia y electrificación), el doble que el capital destinado a combustibles fósiles. BeHappy Investments, vehículo español especializado en inversión de impacto, encuadra estas tendencias en una idea común: el mercado está premiando soluciones útiles, con capacidad de escalar y con indicadores verificables. «Van a destacar los proyectos que conviertan innovación en resultados, con utilidad tangible para empresas y personas y métricas sólidas desde el inicio», explica Miguel Ángel Rodríguez Caveda. En inteligencia artificial, el crecimiento se está decantando hacia casos de uso concretos y medibles: automatización de operaciones, mejora de productividad, mantenimiento predictivo, reducción de fraude, optimización logística o soporte a decisiones en entornos complejos. Esa consolidación tiene un efecto directo sobre la infraestructura: la IEA proyecta que el consumo eléctrico de los centros de datos se duplicará hasta alrededor de 945 TWh en 2030 en su escenario base, con una tasa de crecimiento cercana al 15% anual entre 2024 y 2030, impulsada en gran parte por la adopción de IA. Esta realidad está elevando el listón: ganan espacio las compañías que entregan eficiencia y control, no solo potencia. En paralelo, la transformación energética avanza con una mirada más sistémica. El interés se desplaza hacia lo que hace viable el cambio a escala: redes, flexibilidad, almacenamiento y electrificación de procesos. La propia IEA, al describir el reparto de inversión de 2025, sitúa estos componentes como parte central del esfuerzo de transición, precisamente por su papel como infraestructura habilitadora. En biociencia, la oportunidad crece por su impacto transversal y por el empuje institucional. La Comisión Europea lanzó en 2025 su estrategia para ciencias de la vida respaldada por más de 10.000 millones de euros anuales del presupuesto actual de la UE, con el objetivo de acelerar la innovación, facilitar el acceso a mercado y reforzar la confianza pública en nuevas tecnologías. Este entorno favorece proyectos con base científica sólida y evidencia progresiva, especialmente en ámbitos donde la eficiencia, la prevención y la personalización pueden traducirse en mejoras medibles, incluidas líneas centradas en longevidad y retroaging. En agricultura, la demanda de soluciones se explica por una presión creciente sobre suelo y recursos. La FAO advierte de que más del 60% de la degradación del suelo provocada por la actividad humana ocurre en tierras agrícolas. A la vez, la evidencia sobre prácticas regenerativas continúa acumulándose: una revisión sistemática publicada en enero de 2026 recoge que metaanálisis disponibles muestran potencial para aumentar las reservas de carbono orgánico del suelo en torno a un 3%–8% frente a sistemas convencionales, en horizontes de una década, según prácticas y contextos. En inversión, esto se traduce en interés por propuestas que faciliten adopción en campo, permitan medir mejoras y reduzcan dependencia de insumos con trazabilidad desde el origen. Esta visión se apoya en la trayectoria reciente de BeHappy Investments. A lo largo de 2025, el vehículo incorporó a su cartera compañías como Healthy Minds, Nina Woof y Kibus Petcare, reforzando una estrategia orientada a proyectos con impacto social y potencial de crecimiento. En febrero de 2026, el foco se mantiene en identificar iniciativas con resultados verificables y capacidad de escalar en sectores donde la transformación ya está en marcha.