«Que gane el mejor»

Por Joanna Habiak.
“La derrota no rompe a las personas. Las revela.”
Sabíamos que iban a venir con la camiseta de Messi. Así que nos preparamos. Horas antes del
partido, la cocina de casa era una mezcla de olores y de culturas: tortilla española, jamón, queso, y
un cremoso de horchata como homenaje a nuestra tierra valenciana. Y junto a todo eso, recién
hechas, las empanadas argentinas y una mousse de dulce de leche. Queríamos que cada uno
encontrara algo suyo en esa mesa. Porque sabíamos que la noche iba a tener rivalidad, y queríamos
que esa rivalidad fuera una fiesta, no una batalla.
Era la primera vez que veíamos una final del Mundial con amigos que iban a apoyar al equipo
contrario. Su familia — él de Buenos Aires, ella de Londres, los hijos de los dos lados del Atlántico —
ya nos había sorprendido gratamente días antes, cuando vivieron la semifinal entre Argentina e
Inglaterra con una serenidad que no esperaba. Sin drama. Sin tensiones. Con esa capacidad de
estar en los dos lados a la vez sin romperse.
Aquella noche de la final, antes de que empezara el partido, entre risas y con una copa en la mano,
dijeron algo que no esperaba:
«Que gane el mejor.»
Lo dijeron sin solemnidad. Con esa naturalidad de quien ya ha decidido por dentro cómo va a vivir
lo que viene, pase lo que pase.
España ganó 1-0 en la prórroga. Y al pitido final, antes de que la alegría nuestra llenara la sala, ellos
se levantaron. Nos dieron un abrazo. Y dijeron: “Enhorabuena. Lo habéis ganado bien.” Sin drama.
Sin excusas. Sin necesitar que el mundo supiera lo mucho que dolía.
Mientras tanto, en el campo, algunos de sus jugadores protagonizaban exactamente lo contrario:
empujones, agarrones, una tarjeta roja. Y Messi, llorando con su medalla de plata, sosteniendo una
derrota que para él podía ser la última de su carrera.
La misma derrota. Maneras completamente distintas de vivirla.
Pero lo más bonito vino después. Su hijo de diecisiete años — el que había visto todo el partido con
la camiseta de Messi — me dejó pintarle la cara con los colores de España. Nos hicimos una foto
juntos. Él con su camiseta azul y blanca. Yo con mi vestido rojo y mi sombrero de la bandera. Y en
su cara, los colores del equipo que acababa de ganarle.
Ese gesto pequeño me dijo más que cualquier discurso sobre el fair play.
Hay algo que casi nunca nombramos cuando hablamos de educar a los hijos: cómo perder.
Pasamos años preparándolos para el éxito — para que estudien, para que se esfuercen, para que
lleguen lejos. Pero casi nunca los preparamos para ese otro momento que también llega, siempre
llega: el examen que suspenden después de haberse esforzado de verdad. El partido que pierden en
el último minuto. El amigo que elige a otro. El papel de la obra que no consiguen.
¿Qué hacemos en ese momento? ¿Qué hacen ellos?
Porque lo que ocurre en esos instantes no depende solo del niño. Depende de lo que ha visto hacer
a los adultos de su vida cuando las cosas no salían como querían. Los niños aprenden a perder
viéndonos perder a nosotros. Nos ven cuando el tráfico nos desespera y explotamos. Cuando algo
en el trabajo sale mal y llegamos a casa con la tensión encima. Cuando alguien nos decepciona y lo
pagamos con quien tenemos al lado.
No es lo que les decimos. Es lo que hacen ellos con lo que nos ven hacer.
La buena noticia es que no hace falta una transformación radical. Empieza en gestos pequeños y
cotidianos.
La próxima vez que algo no salga como querías — en casa, delante de ellos — prueba a nombrarlo
en voz alta sin dramatizar: “Esto me ha frustrado, pero voy a dejarlo pasar.” No para fingir que no
duele. Sino para mostrar que el dolor no tiene por qué convertirse en daño.
Cuando tu hijo pierda algo que le importaba, no te apresures a consolarlo ni a buscar culpables.
Siéntate a su lado. Deja que la emoción esté. Y dile algo muy sencillo: “Es normal que duela. Y
puedes con esto.”
Y celebra también las derrotas que se viven bien. La vez que perdió y fue el primero en dar la mano.
La vez que no consiguió lo que quería y aun así aplaudió a quien sí lo consiguió. Eso también
merece ser nombrado.
Mis amigos no ganaron el Mundial. Pero me enseñaron algo que vale más que cualquier trofeo: que
la manera en que sostienes una derrota dice más de ti que cualquier victoria. Y que un adolescente
de diecisiete años que te deja pintarle la cara con los colores del equipo que le acaba de ganar es,
sin saberlo, uno de los gestos más hermosos que he visto en mucho tiempo.
Eso no nació ayer. Se construyó despacio, en miles de pequeños momentos a lo largo de sus vidas.
En alguien que estuvo ahí cuando las cosas no salieron, y les mostró que se podía seguir de pie sin
romper nada.
Tú puedes ser ese alguien para tu hijo. No hace falta ganarlo todo. Hace falta saber perder de una
manera que él un día recuerde.
Y quizá la pregunta más importante no es qué le estás enseñando a tu hijo sobre ganar. Es algo más
honesto: ¿qué le estás enseñando sobre perder? Responder a esa pregunta, sin prisa y sin juicio,
puede cambiar algo dentro de casa.
Porque cuando un hijo ve a un adulto perder con dignidad, aprende algo que ningún libro puede
enseñarle. Aprende que se puede.










