Más de 6 de cada 10 mujeres en menopausia duermen mal, y la llegada del calor agrava los sofocos que arruinan sus noches

Cuando suben las temperaturas, los sofocos nocturnos se intensifican y el sueño se fragmenta, activando un efecto dominó que golpea la energía, el estado de ánimo y la salud general.
Presentado en el marco del congreso de la AEEM y basado en cerca de 90.000 respuestas, el estudio de DOMMA constata que la mitad de las mujeres acumula seis o más síntomas a la vez, y que los sofocos y el insomnio figuran entre los pocos que sí reconocen como propios de esta etapa.
24 de Junio de 2026. – La llegada del verano y de las primeras olas de calor suele vivirse como una cuestión de incomodidad pasajera. Sin embargo, para millones de mujeres en perimenopausia y menopausia, el aumento de las temperaturas funciona como un amplificador de unos síntomas que ya arrastran durante todo el año, y lo hace sobre todo de noche. Más de la mitad (54%) experimenta sofocos y un 64% convive con insomnio durante esta etapa, según el estudio de DOMMA, la radiografía clínica más amplia sobre menopausia realizada en España.
Lo significativo es que, de todo el cuadro, los sofocos y el insomnio son precisamente los dos síntomas que la mayoría de las mujeres identifica como parte de la menopausia. El resto —fatiga, cambios de peso, dolor articular o inestabilidad emocional— suele pasar desapercibido. Aun así, hay que recalcar que no llegan solos. El informe constata que la mitad de las mujeres convive con seis o más síntomas físicos de forma simultánea, un conjunto que se retroalimenta y atraviesa todas las esferas de su vida.
“El verano suele ser el momento en que muchas mujeres dejan de mirar hacia otro lado”, explica Cristina Martínez, co-CEO de DOMMA. “Cuando llevas semanas sin dormir una noche entera cuesta seguir pensando que es algo puntual o que le pasa a todo el mundo. Ese punto de inflexión es justo cuando empiezan a buscar respuestas, y nuestra responsabilidad es que las encuentren en la evidencia y no en los mitos de siempre”.
Subida de termómetro, noches de suplicio
La conexión entre el calor y los sofocos está bien documentada por la investigación sobre menopausia. Con el descenso de estrógenos propio de esta etapa, el “termostato” interno del cuerpo se vuelve más sensible. De este modo, el margen en el que la mujer se siente cómoda se estrecha, y una pequeña subida de la temperatura ambiente basta para disparar la respuesta de calor con sudoración, enrojecimiento y sensación súbita de bochorno.
En una noche de verano, con el dormitorio caldeado, ese mecanismo se activa una y otra vez y fragmenta el sueño justo en sus fases más reparadoras. El problema es que esos despertares no se quedan en la noche. El calor intensifica los sofocos nocturnos, el descanso se rompe y, al día siguiente, la fatiga y la desregulación emocional toman el relevo, lo que a su vez reduce la tolerancia a los propios síntomas y realimenta el ciclo.
Los datos reflejan esa cadena con claridad, pues en el perfil más numeroso de la muestra, que agrupa a 3 de cada 10 mujeres (31%), los sofocos conviven de forma sistemática con el insomnio y la fatiga. El desgaste tampoco es ignorable. Siete de cada diez mujeres (70%) refieren un impacto emocional asociado a esta etapa, mientras que más de 4 de cada 10 (43%) afronta una sobrecarga severa, con cinco o más síntomas físicos sumados a un fuerte componente emocional.
“Si hay una palanca capaz de romper ese círculo, es el descanso”, señala Martínez. “Una mujer que vuelve a dormir encara el día con otra energía y mucha más estabilidad; cuando no lo consigue, todo lo demás se vuelve cuesta arriba. Por eso insistimos en que el sueño no es un síntoma más de la lista, sino la pieza que sostiene a todas las demás”.
Dormir mal no es solo cansancio
Restar horas de sueño de forma continuada tiene consecuencias ampliamente descritas que van mucho más allá de amanecer agotada. El sueño profundo es el momento en que el organismo se repara, regula las hormonas que controlan el apetito y el estrés, y reordena la memoria y las emociones. Cuando ese descanso se interrumpe noche tras noche, el cuerpo acumula una deuda que se traduce en menos energía, más irritabilidad, dificultad para concentrarse y una sensación general de no llegar a todo. A medio plazo, ese desgaste sostenido pasa factura al bienestar físico y emocional en su conjunto.
A todo ello se suma una idea muy extendida que el estudio desmonta, la de que “esto se acaba cuando se va la regla”. Lejos de remitir, la carga física no desaparece tras la última menstruación, sino que alcanza su punto más alto en la posmenopausia y se mantiene durante la década siguiente. Dicho de otro modo, esperar a que pase no es una estrategia, pues aunque el verano se irá, los síntomas seguirán ahí si no se abordan.
“Tratar la menopausia síntoma a síntoma es quedarse a medias”, concluye Cristina Martínez. “Detrás de un mal verano hay un cuadro completo que pide una mirada de conjunto, no parches sueltos. Nuestro objetivo es poner el rigor científico al alcance de cualquier mujer en un lenguaje que entienda para que ninguna tenga que atravesar esta etapa a ciegas ni a base de suposiciones”.










